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Cuando un paciente muere, el veterinario también pierde algo

  • Foto del escritor: Osi I
    Osi I
  • 1 ago
  • 3 min de lectura


La familia acaba de salir del consultorio. Vos te quedás unos segundos frente a la camilla vacía. Conocías a ese paciente desde hacía años. Sabías cómo reaccionaba cuando lo revisabas, qué tratamiento le había funcionado y quién de la familia hacía todas las preguntas.

Pero afuera ya espera la siguiente consulta. Te lavás las manos, respirás y continuás. No porque no te importe, sino porque la clínica sigue abierta, hay pacientes esperando y alguien tiene que atenderlos.

Que una pérdida te duela no significa que seas poco profesional. Significa que ese paciente no fue solamente un nombre en una ficha. Lo cuidaste, seguiste su evolución y trataste de ayudarlo hasta donde pudiste.

El problema aparece cuando, junto con la tristeza, llega una pregunta difícil: ¿hice todo lo que estaba a mi alcance?

En ese momento es difícil responder con claridad. Tenés a la familia llorando, estás cansado y ya conocés el desenlace. Desde ahí, cualquier decisión anterior puede parecer equivocada.

Por eso es importante que el caso esté bien registrado: qué síntomas presentaba, qué encontraron en cada consulta, qué tratamiento se indicó, cómo respondió, qué cambios aparecieron y qué decisiones se tomaron en cada momento.

No para defenderte automáticamente ni para convertir la historia clínica en una excusa. El objetivo es poder revisar el caso después, con la cabeza más fría y con todos los hechos delante.

A veces esa revisión confirma que hiciste todo lo razonable con la información que tenías. El paciente estaba grave, el tratamiento era el adecuado y, aun así, no alcanzó.

Eso también pasa. La medicina veterinaria no siempre puede salvar al paciente, incluso cuando el trabajo estuvo bien hecho.

Saberlo no elimina la tristeza, pero puede ayudarte a no transformar la pérdida en una culpa que no te corresponde. Podés quedarte con la tranquilidad de que tomaste las mejores decisiones posibles dentro de las circunstancias que enfrentabas.

Otras veces, la revisión muestra algo que pudo hacerse mejor. Tal vez hubo una señal que no parecía importante, una pregunta que faltó o un control que pudo haberse pedido antes.

Reconocerlo no borra lo ocurrido. Tampoco significa que todo tu trabajo haya estado mal. Significa que ese caso todavía puede enseñarte algo que ayude a otro paciente en el futuro.

Ahí está la diferencia entre quedarse atrapado en la culpa y convertir una experiencia difícil en aprendizaje profesional.

La culpa repite: “Fallé”.

La revisión pregunta: “¿Qué ocurrió, qué estaba bajo mi control y qué puedo hacer mejor la próxima vez?”.



No necesitás ignorar lo que sentís para seguir trabajando. Tampoco necesitás resolverlo todo en el pasillo antes de atender al siguiente paciente.

Podés estar triste y, al mismo tiempo, revisar tu trabajo con honestidad. Podés reconocer que una pérdida te afectó sin asumir automáticamente que actuaste mal. Y podés descubrir algo que debe mejorar sin convertirlo en una condena contra toda tu capacidad como veterinario.

Cuando un paciente muere, queda una ausencia en la familia. A veces también queda una ausencia dentro de la clínica.

Sentirla significa que te importó. Revisar el caso significa que seguís cuidando, incluso después de que ese paciente ya no está.

Osialo te permite mantener reunida la información clínica del paciente, sus consultas, tratamientos y evolución. Así podés revisar el caso completo después, sin depender de papeles sueltos, recuerdos incompletos o conversaciones perdidas.

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